martes, diciembre 10, 2013

Democracia: palabras presidenciales

Lo que sigue, iba a ser el prólogo de un libro que no se publicó. En él se reproducían los discursos de asunción de Raúl Alfonsín, de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner.


Los discursos no son sólo palabras que enumeran propuestas; explican también un conjunto de acciones, y emiten un enunciado: cuando se trata de palabras en un contexto político de semejante envergadura, y un discurso presidencial siempre lo es, está condensando un clima político de época. Algunas frases, un gesto, ciertos aplausos pueden permanecer en la memoria colectiva por décadas. Ese impacto, sucede cuando las palabras dichas, los temas tratados, los actores reconocidos, coinciden con lo que recorre a la sociedad en su conjunto. Ese recorrido nunca es en una sola dirección, ni contiene una agenda cerrada y equilibrada. Pero un discurso presidencial que inaugura un mandato es capaz de contener en su interior las propuestas propias de quien está detrás de esas palabras, y al mismo tiempo todas las expectativas que la sociedad deposita en ese mensaje.

De allí que los discursos de asunción presidencial conciten tanta atención y quede luego como una marca, una referencia sobre la cual contrastar la gestión presidencial que desde allí se emprenderá.

Este libro nos presenta tres discursos presidenciales de la democracia reciente: los de Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, en orden cronológico. Tres discursos que precedieron sendas presidencias las cuales marcaron una época y consolidaron el camino de la democracia en estos 30 años. Con los matices que cada caso implicó, se trata de líderes políticos que plantearon el ejercicio del gobierno como un espacio de representación popular y por lo tanto buscando poner en el centro de las tensiones propias del poder a la política; esa primacía de la política significaba que ella se convirtiera en una herramienta de transformación, sostenida en la representación que se portaba. 

Pero como decía, los matices no son un dato menor. Raúl Ricardo Alfonsín llegó a la presidencia luego de obtener casi el 52% de los votos, en una elección histórica ya que la Unión Cívica Radical pudo derrotar por primera vez al peronismo (en elecciones libres y sin proscripciones). El dirigente de la UCR asumió en el fin del largo y trágico ciclo de tutela del partido militar sobre la democracia; pero ese agotamiento lo sabemos hoy; en esos días de fiesta y euforia por la democracia recuperada, el temor a la sombra militar presente en la política, buscando condicionar la autonomía y la autoridad del gobierno electo por el pueblo, marcó a fuego su gestión, mucho más de lo que el mismo Alfonsín hubiese querido. Ese gobierno se inscribió al interior de un proceso que abarcó a toda la región y que fue definido como la transición hacia la democracia. Lo que se convirtió en un rico debate en toda Sudamérica, marcaba sin nombrarlo el punto de partida (las dictaduras) pero no especificaba en dónde debíamos hallar el de llegada. ¿Cuál democracia? Fue la pregunta implícita que inauguró el nuevo ciclo que, para el bien de las sociedades de la región, vino a instalarse. El presidente Raúl Alfonsín presentó una posibilidad en esa búsqueda señalando en el respeto a los procedimientos como la llave que podía conducir hacia a un nuevo horizonte político para el país. Decía: “En la vida democrática, los ciudadanos tendrán la tranquilidad que necesitan. La democracia es previsible, y esa previsibilidad indica la existencia de un orden mucho más profundo que aquél asentado sobre el miedo o el silencio de los ciudadanos”. Las reglas de la democracia son presentadas como la única opción posible para garantizar una vida en paz y el mejoramiento del conjunto de la sociedad. De hecho podría decirse que durante su presidencia, aun con una crisis económica que comenzó a salirse de control, lo político ocupó el centro de la escena en favor de finalizar una transición que nos asegurara elecciones libres y regulares, luego de tantos años de interrupciones militares y proscripciones. La crisis señalada, sin embargo, manifestó un límite que no había logrado atravesarse: la capacidad del poder económico para imponer una agenda por encima de las instituciones de la democracia. 


Tal vez lo años puedan explicarnos en profundidad la transformación del contexto en el que Néstor Carlos Kirchner asumió la presidencia el 25 de mayo de 2003. El cambio más evidente es que los militares ya no constituían una amenaza al poder civil. Pero, sin embargo, permanece una continuidad que en los ’80 no había sido suficientemente sopesada: los condicionamientos que impone el poder económico. Luego de la década del ’90, el neoliberalismo dejaba como herencia un país devastado por la pobreza y un Estado desarmado en sus capacidades de orientación sobre la economía y la sociedad. A tal punto que lo político había llegado a pensarse como un “ruido” sobre el mercado que debía fluir “en libertad” para garantizar la expansión capitalista. La asunción de Kirchner planteó ya en sus inicios la recentralización de la política. Ciertamente no era la única opción a la vista ya que no pocos sectores propugnaban una profundización neoliberal. Pero no fue lo que sucedió: el giro político que imprimió su gestión, cuya génesis podemos descubrir en el discurso que aquí se presenta, significó el acceso del conjunto de los actores políticos que en ese momento ocupaban el espacio público y fueron avanzando desde la periferia hacia el centro: partidos, sindicatos, movimientos de protesta, economías regionales, el sector productivo. En ese contexto, Néstor Kirchner es a la vez productor y fruto de nuevos vientos políticos en la región. De las “relaciones carnales” al derrumbe del ALCA, fruto de una articulación inédita entre presidentes de un grupo de países que marca un nuevo horizonte. Palabras de aquel día, conectaban con estas premisas: “Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada. No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción por pragmatismo”.

           
Ese quiebre producido en el 2003, generó un renovado espacio político y una continuidad en la orientación. Cristina Fernández de Kirchner fue sucesivamente electa Presidenta de la Nación en los años 2007 y 2011. Como era de esperarse a medida que el Estado nacional comenzó a intervenir en la economía de modo más decidido, recuperando la posibilidad de contrabalancear la dinámica propia del mercado, la tensión y los conflictos comenzaron a crecer.  Si los primeros años del siglo, fueron de expectativa y de apoyo para la salida de la etapa más profunda de la crisis, lo que comenzó a suceder después tomó otra tonalidad. Algunos sectores, algunos de los cuales habían pasado por momentos críticos desde finales de los ’90, y otros que en cambio nunca conocieron esa cara de la moneda, resistieron con distintos argumentos las políticas emanadas desde el gobierno. Toda regulación comenzó a señalarse como limitación a la libertad, a pesar de la legitimidad de los procedimientos con que esas normas se sancionaban, marcando un curso hacia la necesaria nueva institucionalidad que implicaba la ampliación de derechos. Vuelve un ciclo que la política argentina conoció por etapas: aquella que se genera cuando la acción del Estado busca limitar esos poderes, en especial económicos, que atraviesan la sociedad y son renuentes al control del Estado. Sin embargo, a pesar de esa tensión, el apoyo mayoritario a esas políticas ha sido contundente. Me quedo con esta frase del discurso de la presidenta, como síntesis de esa tensión: “Creo también que no solo las instituciones del Estado en sus tres poderes deben abordar la reconstrucción de este nuestro país, creo que también otros estamentos de la sociedad, empresariales, dirigenciales, medios de comunicación deben saber que el hecho de no integrar el espacio público gubernamental, no los exime también de la tarea y de la responsabilidad que a cada uno de aquellos argentinos que tiene un poco más de poder, bastante más poder -diría yo- que el resto de los ciudadanos, tienen también obligación moral de construir un país distinto”.
            Tenemos aquí las palabras presidenciales. Conceptos, imágenes, ideas, propuestas, juicios sobre el rumbo del país e incluso parábolas de políticas que se plasmaron en la acción de gobierno. Los releemos ya como parte de nuestra historia que nos deja en este presente. Son, así, un relato sobre la consolidación y profundización de la democracia.
Plaza de Mayo. Foto propia

1 comentario:

Wachines de la Santamarina dijo...

Desekcionante loko!!!!