Los
discursos no son sólo palabras que enumeran propuestas; explican también un conjunto de acciones, y emiten un
enunciado: cuando se trata de palabras en un contexto político de semejante
envergadura, y un discurso presidencial siempre lo es, está condensando un
clima político de época. Algunas frases, un gesto, ciertos aplausos pueden
permanecer en la memoria colectiva por décadas. Ese impacto, sucede cuando las
palabras dichas, los temas tratados, los actores reconocidos, coinciden con lo
que recorre a la sociedad en su conjunto. Ese recorrido nunca es en una sola
dirección, ni contiene una agenda cerrada y equilibrada. Pero un discurso presidencial
que inaugura un mandato es capaz de contener en su interior las propuestas
propias de quien está detrás de esas palabras, y al mismo tiempo todas las
expectativas que la sociedad deposita en ese mensaje.
De
allí que los discursos de asunción presidencial conciten tanta atención y quede
luego como una marca, una referencia sobre la cual contrastar la gestión presidencial
que desde allí se emprenderá.
Este
libro nos presenta tres discursos presidenciales de la democracia reciente: los
de Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, en orden
cronológico. Tres discursos que precedieron sendas presidencias las cuales marcaron
una época y consolidaron el camino de la democracia en estos 30 años. Con los
matices que cada caso implicó, se trata de líderes políticos que plantearon el
ejercicio del gobierno como un espacio de representación popular y por lo tanto
buscando poner en el centro de las tensiones propias del poder a la política;
esa primacía de la política significaba que ella se convirtiera en una herramienta
de transformación, sostenida en la representación que se portaba.
Pero
como decía, los matices no son un dato menor. Raúl Ricardo Alfonsín llegó a la
presidencia luego de obtener casi el 52% de los votos, en una elección
histórica ya que la Unión Cívica Radical pudo derrotar por primera vez al
peronismo (en elecciones libres y sin proscripciones). El dirigente de la UCR asumió
en el fin del largo y trágico ciclo de tutela del partido militar sobre la
democracia; pero ese agotamiento lo sabemos hoy; en esos días de fiesta y
euforia por la democracia recuperada, el temor a la sombra militar presente en
la política, buscando condicionar la autonomía y la autoridad del gobierno
electo por el pueblo, marcó a fuego su gestión, mucho más de lo que el mismo
Alfonsín hubiese querido. Ese gobierno se inscribió al interior de un proceso
que abarcó a toda la región y que fue definido como la transición hacia la
democracia. Lo que se convirtió en un rico debate en toda Sudamérica, marcaba
sin nombrarlo el punto de partida (las dictaduras) pero no especificaba en
dónde debíamos hallar el de llegada. ¿Cuál democracia? Fue la pregunta
implícita que inauguró el nuevo ciclo que, para el bien de las sociedades de la
región, vino a instalarse. El presidente Raúl Alfonsín presentó una posibilidad
en esa búsqueda señalando en el respeto a los procedimientos como la llave que
podía conducir hacia a un nuevo horizonte político para el país. Decía: “En la vida democrática, los ciudadanos
tendrán la tranquilidad que necesitan. La democracia es previsible, y esa
previsibilidad indica la existencia de un orden mucho más profundo que aquél
asentado sobre el miedo o el silencio de los ciudadanos”. Las reglas de la
democracia son presentadas como la única opción posible para garantizar una
vida en paz y el mejoramiento del conjunto de la sociedad. De hecho podría
decirse que durante su presidencia, aun con una crisis económica que comenzó a
salirse de control, lo político ocupó el centro de la escena en favor de
finalizar una transición que nos asegurara elecciones libres y regulares, luego
de tantos años de interrupciones militares y proscripciones. La crisis
señalada, sin embargo, manifestó un límite que no había logrado atravesarse: la
capacidad del poder económico para imponer una agenda por encima de las
instituciones de la democracia.
Tal vez lo años puedan explicarnos en profundidad la
transformación del contexto en el que Néstor Carlos Kirchner asumió la
presidencia el 25 de mayo de 2003. El cambio más evidente es que los militares
ya no constituían una amenaza al poder civil. Pero, sin embargo, permanece una
continuidad que en los ’80 no había sido suficientemente sopesada: los
condicionamientos que impone el poder económico. Luego de la década del ’90, el
neoliberalismo dejaba como herencia un país devastado por la pobreza y un
Estado desarmado en sus capacidades de orientación sobre la economía y la
sociedad. A tal punto que lo político había llegado a pensarse como un “ruido”
sobre el mercado que debía fluir “en libertad” para garantizar la expansión
capitalista. La asunción de Kirchner
planteó ya en sus inicios la recentralización de la política. Ciertamente no
era la única opción a la vista ya que no pocos sectores propugnaban una
profundización neoliberal. Pero no fue lo que sucedió: el giro político que
imprimió su gestión, cuya génesis podemos descubrir en el discurso que aquí se
presenta, significó el acceso del conjunto de los actores políticos que en ese
momento ocupaban el espacio público y fueron avanzando desde la periferia hacia
el centro: partidos, sindicatos, movimientos de protesta, economías regionales,
el sector productivo. En ese contexto, Néstor Kirchner es a la vez productor y
fruto de nuevos vientos políticos en la región. De las “relaciones carnales” al
derrumbe del ALCA, fruto de una articulación inédita entre presidentes de un
grupo de países que marca un nuevo horizonte. Palabras de aquel día, conectaban
con estas premisas: “Me sumé a las luchas
políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la
puerta de entrada de la Casa Rosada. No creo en el axioma de que cuando se
gobierna se cambia convicción por pragmatismo”.
Ese quiebre producido en el 2003, generó un renovado espacio político y una continuidad en la orientación. Cristina Fernández de Kirchner fue sucesivamente electa Presidenta de la Nación en los años 2007 y 2011. Como era de esperarse a medida que el Estado nacional comenzó a intervenir en la economía de modo más decidido, recuperando la posibilidad de contrabalancear la dinámica propia del mercado, la tensión y los conflictos comenzaron a crecer. Si los primeros años del siglo, fueron de expectativa y de apoyo para la salida de la etapa más profunda de la crisis, lo que comenzó a suceder después tomó otra tonalidad. Algunos sectores, algunos de los cuales habían pasado por momentos críticos desde finales de los ’90, y otros que en cambio nunca conocieron esa cara de la moneda, resistieron con distintos argumentos las políticas emanadas desde el gobierno. Toda regulación comenzó a señalarse como limitación a la libertad, a pesar de la legitimidad de los procedimientos con que esas normas se sancionaban, marcando un curso hacia la necesaria nueva institucionalidad que implicaba la ampliación de derechos. Vuelve un ciclo que la política argentina conoció por etapas: aquella que se genera cuando la acción del Estado busca limitar esos poderes, en especial económicos, que atraviesan la sociedad y son renuentes al control del Estado. Sin embargo, a pesar de esa tensión, el apoyo mayoritario a esas políticas ha sido contundente. Me quedo con esta frase del discurso de la presidenta, como síntesis de esa tensión: “Creo también que no solo las instituciones del Estado en sus tres poderes deben abordar la reconstrucción de este nuestro país, creo que también otros estamentos de la sociedad, empresariales, dirigenciales, medios de comunicación deben saber que el hecho de no integrar el espacio público gubernamental, no los exime también de la tarea y de la responsabilidad que a cada uno de aquellos argentinos que tiene un poco más de poder, bastante más poder -diría yo- que el resto de los ciudadanos, tienen también obligación moral de construir un país distinto”.
Tenemos
aquí las palabras presidenciales. Conceptos, imágenes, ideas, propuestas, juicios
sobre el rumbo del país e incluso parábolas de políticas que se plasmaron en la
acción de gobierno. Los releemos ya como parte de nuestra historia que nos deja
en este presente. Son, así, un relato sobre la consolidación y profundización
de la democracia.
Plaza de Mayo. Foto propia
1 comentario:
Desekcionante loko!!!!
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