Ayer con un twuit, María Esperanza Casullo, lanzó
la cuestión que se impone como central ante la tragedia de estos días: nuestro
problema no hay que buscarlo en el sistema político, sino en las capacidades
del Estado. Comparto, absolutamente. En un post que ahora no voy a buscar,
mencioné que las PASO afectaban nuestro sistema de partidos, pero que la
inestabilidad, las pertenencias débiles
y los cambios de alianzas, en particular en la oposición, iban a
continuar. Es así y es casi un sello de nuestro actual sistema de
representación política, sin que ello signifique una crisis. Italia vivió así
durante 50 años y no el iba tan mal. Ahora la acción del estad es otra cosa. La
cuestión es si el Estado está en condiciones de garantizar el ejercicio de los
derechos ciudadanos al conjunto de la población, ya no por voluntad política,
que es hoy decidida en esa dirección (recuerdo, Menem nos decía que pobres iba
a haber siempre así que no cabía esperar resolver ese problema) sino por
capacidades. Diversos hechos manifiestan que el Estado se encuentra ante
límites no dados por la resistencia ideológica o la tensión que le genera el
mercado por espacios en disputa, sino por sus propias capacidades de
intervención y de regulación.
El gran triunfo de los ’90, fue imponer la lógica
de la competencia, por en cima de la de la planificación estatal. De la
competencia siempre sale el mejor. Claro nunca referían a las condiciones de la
competencia, de la línea de largada; pero si de negocios por encima de los
derechos. Desde la crisis del 2001, hacia acá quedó claro que la mayor parte de
la población reclama más y mejor intervención del Estado, como regulador o como
proveedor. El kirchnerismo aceptó ese desafío, que consiste, básicamente, en
sostener que es el Estado que el regula el modo en que se asignan los recursos
y por lo tanto entra en tensión con la “libre concurrencia”. Y así el Estado
volvió a controlar el sistema jubilatorio, subsidió el consumo de los servicios
básicos, reguló el tipo de cambio, lo mismo que las exportaciones y las
importaciones. E incluso recuperó la mayor parte de la empresa petrolera que
supo ser propia. Ganó una batalla, que desde luego tiene focos de resistencia
todos los días, pero hoy son menos los que plantean que la solución de los
problemas se consigue privatizando o achicando el Estado.
Ganada esa cuestión, queda el día a día. El
funcionamiento del aparato estatal contadas sus dimensiones. Lo he nombrado
otras veces; recuerdo que Norberto Ivancich cuando asumió como Subsecretario de
Gestión Pública en el 2003, le escapaba a planes maestros para el Estado;
recuerdo, me dijo “hay que hacer que esto funcione”. El Estado reducido y
maltratado durante décadas, debía recomponer su lugar en la sociedad y hacer
funcionar sus propios resortes, sin necesidad de plantear un programa a largo
plazo. Es lo que en políticas públicas se llama incrementalismo: ir avanzando y modificando a medida que se camina
y se hace; en contra del racionalismo,
que cree en planificar en primera instancia todo, para luego moverse.
Acá sabemos lo que hay que hacer: que los
servicios públicos sean eficaces y accesibles a todos. Las graves situaciones
que hemos vivido en los últimos años, han chocado principalmente contra esta
pared. Y, como ya he dicho, la corrupción explica muy poco. Decir “la
corrupción mata” es el lema preferido de “la gente” que quiere depositar en
otros la solución de los problemas. Entonces para ir al grano, ¿Cuáles podrían
ser esas decisiones urgentes, no planificaciones a 30 años, para que no
volvamos a lamentar la muerte de compatriotas?
Los bomberos, en las grandes ciudades, no pueden
ser voluntarios. No dudo de su buena voluntad e incluso de capacidades, pero no
se puede depender de un servicio voluntario para atender emergencias.
Hay que mejorar la comunicación con la ciudadanía
ante posibles catástrofes, como estas.
Hay terremotos que se cobran menos vidas
y tiene que ver con la concientización.
Hay que discutir ya, para redefinir el destino de
la basura.
El Estado no puede permitir que el mercado
inmobiliario siga definiendo los contornos de la ciudad. El modo en que se
construyó un Shopping pudo ser la causa de la inundación en Villa Mitre. La
medición del impacto ambiental, no pude pensarse sólo para las fábricas, sino
para todo tipo de construcción.
Medio Ambiente, no puede ser una dependencia
escindida de los ministerios de infraestructura y obra pública.
Las tragedias se manifiestan en el territorio, a
mediana escala. Habrá que ver la manera en la que el Estado se hace presente
allí de forma permanente.
Esto es nada. Y al mismo tiempo enunciarlo es
mucho más complejo que llevarlo a la práctica. Y n es sólo tarea de los
gobiernos: empresas, poder judicial, sistema educativo (¿cuánto están ayudando
las maestrías en administración y políticas públicas?), las organizaciones
sociales. Recuperar el Estado para redefinir su rol y recuperar sus capacidades
para cumplirlo. Dos movimientos de un mismo acto.
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