Las lecturas, observaciones y miradas sobre lo
que ha ocurrido en Venezuela (y lo que va a ocurrir) son desde luego
interminables. Hay, sin embargo un aspecto, hoy, inigualable y se llama,
simplemente, Hugo Chávez. Sin exageraciones se puede afirmar que fue el hombre
que dio vuelta la política venezolana. Fue, casi, un accidente de la historia:
en el país de los consensos entre los partidos políticos, irrumpió él. Y ahora
todos se preguntan, nos preguntamos, qué sucederá en Venezuela, sin su
conducción. “El carisma de Chávez no podrá sostenerlo ningún otro”. Afirmación
en la que seguro coincide todo lector. ¿El proceso político bolivariano puede
terminar, ya sin Chávez? Esa ya es una cuestión más compleja.
La pregunta se ha alzado inmediatamente después
de su muerte y sostenido sobre la convicción del rol central jugado por el
carisma de Chávez. Este logró un contacto, una lectura del lenguaje popular,
que ningún presidente venezolano había desarrollado hasta el presente, más bien
influenciados por el propio modo occidental de hacer política, entre
institucional y distante de lo popular. El “cara a cara”, lo festivo, asumir
las costumbres más populares para comunicarse. El liderazgo carismático, dice
Weber, se apoya en el mundo de lo afectivo, en lo “sobrenatural” siempre
afirmando que los sentimientos y las emociones están más allá del límite de lo
racional. Para buena parte de la biblioteca politológica este tipo de relación
entre un líder político y la sociedad, es un claro indicio de fascismo, o al
menso latente, por que ante este seguimiento que suponen incondicional al
líder, éste dispondrá de las libertades de sus ciudadanos.
Continuando con esta visión, Venezuela
ingresaría inmediatamente en una zona de conflictos, pues los actores políticos
ahora en escena, se disputarán el lugar de ese liderazgo que ocupara Chávez,
aunque probablemente sin éxito; así se vería el fracaso del socialismo
venezolano y la política retomará la senda de la “normalidad”. Salvo que
surgiera un nuevo dirigente carismático del mismo tenor, que resolviera esta
conflictividad.
Pero existe otra forma de mirar el proceso, por
cierto mucho más lejanas a las elucubraciones de manuales, y más cerca de una
mirada material sobre lo ocurrido en Venezuela. Las interminables filas de venezolanos
lloran efectivamente a Hugo Chávez.; hay, como sucedió con tantos líderes un
profundo sentimiento que bien puede llegar al amor (¡ay! de amor en política!).
Pero esa gente, mientras camina hacia la capilla ardiente, recuerda también las
políticas de Chávez. Recuerda las misiones (así llamadas las políticas públicas
que pusieron énfasis en lo social) vinculadas a la educación, a la
alimentación, a la salud. Piensan en lo que cambió su vida cotidiana desde la
llegada de ese hombre al poder. Recuerdan el Caracazo de 1989, cuando sólo recibieron balas de la policía. Si Chávez
solo hubiese cantado canciones populares, como hacia Abdalá Bucaram, por caso,
hubiese corrido la misma suerte de aquel.
El Partido Socialista Unificado de Venezuela,
se enfrenta ahora a un desafío sin duda. El problema no será reemplazar el carisma
de Chávez por otro. La cuestión implicará una estrategia de poder detrás de
Nicolás Maduro como nuevo líder político, y por sobre todo, muy por sobre todo,
seguir avanzando en la recomposición social y económica de Venezuela. Si las
políticas logran seguir reduciendo la exclusión social, si Venezuela logra
fortalecer su economía, el liderazgo de Chávez será la piedra donde se apoyó
todo el edificio de una sociedad más justa. Aquí en Argentina les llevó 35 años
destruir la orientación económica y social que planteó el peronismo (con un líder
exiliado durante 18 años y muerto mucho antes de que el neoliberalismo
arrasara).
Hoy conmueve la emotividad el pueblo venezolano
con su conductor. Mañana veremos el modo en que los actores pueden moverse,
sobre un país transformado, por mucho más que algunas canciones.

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