Recuerdo haber leído un reportaje
a Victor De Genaro hace varios años donde optaba por comparar a la política con
un partido de fútbol antes que con el juego de ajedrez; mientras este último implica un número acotado de
jugadores y prima la razón, el cálculo, en el fútbol el espacio se amplía y
entran en juego la estrategia, el roce, el esfuerzo, la garra. En esa
comparación, decía más o menos De Genaro, la política debería tener mucho más
de esto último y menos de un juego de élites.
La discusión es tan vieja como la
política y aprovechemos el verano para decir algunas cosas, en donde se
incluye, desde luego al peronismo y al kirchnerismo.
Periódicamente podemos leer
columna en La Nación en particular, de varios intelectuales (Luis Alberto Romero,
Marcos Novaro, Álvaro Abós, algún pasaje de Beatriz Sarlo, entre varios)
profundamente preocupados por los componentes irracionales que estaría
explotando el kirchnerismo, en particular luego de la muerte de Néstor. Ese
componente que apela a las pasiones antes que a los intereses (racionales) es para
los autores y para una parte de los intelectuales la explicación última del
peronismo; es la explicación de cómo arribó en nuestras tierras la sociedad de
masas a la política, mientras que en Europa, por caso, lo habrían hecho de modo
totalmente irracional salvo por (ay!) ese episodio del nazismo y que se yo. En
cambio aquí el vehículo de inclusión fue lamentablemente el peronsimo, el que
se avivó, según Germani, de la existencia de una masa disponible. Por eso,
afirman. La masa va a los actos por un choripán, porque si racionalizaran sus
intereses no se dejarían arrastrar por los políticos del peronsimo, que sólo
apelan a imágenes emotivas. Recuerdo, lo juro, a una colega afirmar en un congreso
de ciencia política, que los “pobres consumen bienes simbólicos”; con la foto
de Perón y Evita (y ahora de Néstor) alcanzaría para congregarlos y conducirlos.
Porque las clases medias y
dominantes no se dejan arrastrar por las pasiones cuando hablamos de política.
Saben de modo casi artesanal escindir cualquier reacción emotiva o pasional a
la hora de discutir y decidir en política y economía. (Recordemos a Hobbes, a Locke, a Montesquieu). Por eso la política, nos
dicen aquellos columnistas, debe ser poco más que un acto administrativo y
técnico; sin énfasis, donde nos dediquemos exclusivamente al cumplimiento de
normas y procedimientos: si todos cumplimos las reglas, otra que el mundo feliz.
En los ’80 convencieron a Alfonsín de que la democracia, como proceso de toma
de decisiones, alcanzaba para garantizar el desarrollo; no era necesario
plantear la relación con los actores sociales.
Como decía, la discusión en antigua.
Y forma parte de la resistencia del ingreso de las masas a la política.
2 comentarios:
Estimado Sergio
Más que política sin énfasis, lo que algunos buscan es la política sin vida: la de una "racionalidad" sólo signada por la conveniencia, por lo general en sintonía con las "buenas prácticas" económicas, sociales, culturales, institucionales. No buscan dirigentes, sino buenos gerentes, porque asimilan gobernar con "administrar", lástima que el país no es un consorcio ni una empresa.
Abrazo
"buenas prácticas" allí no hay política...
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