La placas de los canales de cable y
la ediciones on line de los diarios, cambiaban en sólo minutos. Luego de la
renuncia de Adolfo Rodríguez Saa a la presidencia, fruto de la falta de apoyo
de los gobernadores peronistas (y bastante menos al cacerolazo de ese mismo
día), se abría la negociación para encontrarle sucesor. El que se alzaba con
las mayores posibilidades era el senador por Buenos Aires, Eduardo Duhalde. Sin
embargo la negociación se extendió desde le mismo 30 de diciembre hasta bien
entrado el 2 de enero. Quienes tenían juego en esa discusión eran los hombres y
las mujeres del peronismo, ya que la Alianza, habiendo abandonado el gobierno,
estaba dispuesta a apoyar la propuesta del hasta hace unos días, partido
opositor. No había muchos nombres que contaran en ese momento con el caudal
político para imponer un nombre: la Alianza estaba deshecha y aunque algunos
miembros del FREPASO resistían la designación, su capacidad de presión era
mínima. En el peronismo, como era el caso de José Manuel de la Sota, sucedía
algo semejante. Por otra parte el bonaerense había sido el último candidato a
presidente por el peronismo.
El resultado fue un apoyo casi en
bloque del peronismo, el radicalismo y el FREPASO. Duhalde obtuvo 262 votos de
apoyo, frente a 21 negativos y 19 abstenciones. En el primer grupo se ubicó el
ARI de Elisa Carrió quien aspiraba capitalizar el derrumbe de al UCR, (en ese
bloque estaba incluso el ex vicegobernador de Duhalde, Rafael Romá y Mario
Cafiero ex funcionario de la provincia) y dos diputados de Izquierda Unida. Las
abstenciones se repartieron entre frepasistas y partidos provinciales.
Increíblemente, hubo más de 20 ausencias (no fueron a la Asamblea Legislativa
más importante de los últimos años). Esa votación combinó, inéditamente para la
Argentina, la solución política con la institucionalidad. Más allá del
resultado inmediato y posterior de esa elección, la crisis pudo encaminarse
sobre los pasos previstos en la Constitución Nacional: un acuerdo a través de
la Asamblea Legislativa; en ese mecanismo institucional, los actores políticos
encontraron la herramienta de salida. Fuera de allí ¿había otras posibilidades?
No son recomendables los análisis contrafácticos, pero las movilizaciones
populares, por caso, habían demostrado un gran poder de veto, de protesta, pero
escasa capacidad de articulación política; incluso los movimientos mas
estructurados, como algunos de los piqueteros, no lograban plantear un
escenario viable de salida; su capacidad de movilización era innegable, pero se
recostaba en la frustración del desempleo y la crisis económica, antes que en
una propuesta política de gobierno; incluso el matiz ideológico en su interior,
era muy heterogéneo (al igual que las asambleas barriales que crecieron durante
todo aquel verano). Por su parte, la derecha y su propuesta dolarizadora, con
fuerte presencia en los mercados financieros, tenía aún menos apoyo en los
espacios políticos institucionales como el Congreso. Y, después de todo, las
elecciones de octubre, con la recordada impugnación del voto bronca, habían
otorgado al peronismo un nuevo capital político.
Luego de aquello, conocimos el
kirchnerismo. Una construcción política que se explica en parte a partir de esa
misma crisis, porque combinó el potencial del peronismo, con las dispersas
demandas presentes en la sociedad. Y hoy, a diez años, a pesar de la presencia
en los medios, de la emergencia de algunos líderes en la oposición, la
capacidad para articular esas diferencias en propuestas políticas, sigue
ausente.
En medio del que se vayan todos, nos hubo una concentración impresionante en la
puerta del Congreso pidiendo Asamblea Constituyente o reforma del sistema de
gobierno. La necesidad de certidumbre no es políticamente romántica, pero te
explica más de lo que uno cree.
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