viernes, noviembre 23, 2012

¿Quién acumula?

Dos protestas importantes en contra del gobierno. Distintos convocantes, pero objetivos más o menos comunes: condicionar políticamente al gobierno. En el caso del 8N ese fin condicionante está más atado a ciertas políticas públicas: no quieren una nueva re elección, quieren menos intervención del Estado en la economía, que baje la inflación como sea, y suman agendas de ya largo aliento como la inseguridad. Quieren un gobierno que responda a esa agenda, peor que además lo haga de un modo definido que es bastante distinto a cómo el gobierno ha tomado estos y otros temas desde 2003. El problema central es que claramente el gobierno dará algunas señales a esos sectores, pero no va a modificar su orientación, y estos sectores no encuentran un liderazgo político eficiente que pueda encabezar con éxito, esta demanda. Es decir que derrote el año próximo de manera clara y contundente al kirchnerismo. Podrá haberla, pero por ahora es un signo de pregunta.  

La huelga del 20 de noviembre, fue otra cosa. La agenda de reclamos puede tener puntos de contacto (el caso mínimo imponible para ganancias) pero el 20 lo que se planteó fue decididamente, una lucha de poder: el moyanismo y otros sectores sindicales, se sabe afuera del esquema de poder de gobierno. Y no les gusta. Y quieren demostrarle al kirchnerismo, que aún son una herramienta de poder política fundamental en la sociedad argentina y negarlo le traerá al gobierno, consecuencias, sostienen. La gira interminable de Moyano que lo llevó a reunirse con los sectores más lejanos de sus acciones políticas (con quienes abe que jamás converger en un acuerdo electoral), no es otra cosa que la demostración de que su apuesta a acumular poder político es definitiva. O casi, porque la palabra más escuchada luego del paro, fue “que nos llamen a conversar”.  Y eso me parece porque el sindicalismo sabe de su poder, pero también de sus limitaciones electorales: Ubaldini, luego de los 13 paros a Alfonsín y actos multitudinarios, obtuvo el 1,5% de los votos como candidato a gobernador en 1991. En cuanto a la agenda política del sindicalismo, es la del gobierno, piso mínimo más, piso mínimo menos. En ese sentido es “sólo” político lo que está en juego.

Y nos queda el gobierno. Como era de esperar, salió a contestar y sentarse sobre el 54%. Sabe también que debe dar algunas señales y lo hizo, aunque moderadamente. Tiene ahora la batalla de la ley de Servicios Audiovisuales, que se devorará la coyuntura desde la semana que viene, y podrá dejar, sino en el freezer al menos en la heladera, los reclamos sindicales y habrá que ver cuánto de articulación puede haber entre los caceroles del 8 y Clarín (los primeros ya han avisado por las redes que no hay ningún cacerolazo planeado). Luego del 7D, seguirá flotando aquella tensión política en al que el gobierno quizás vuelva a poner el eje en la gestión y las políticas públicas y menos en la tensión con todos estos sectores. Esas primeras señales, quizás nos empiecen a decir algo del electoral 2013, y quien estará acumulando más para esas elecciones.

jueves, noviembre 08, 2012

8N: Buscando un símbolo de tangibilidad



En un par de horas se producirá el segundo "cacerolazo" del año, en contra de las políticas del gobierno nacional. Los debates acerca de los niveles de espontaneidad, tienden a aburrirme. Del mismo modo reivindicar que lo bueno es “que la gente se expresa”. Ni te digo escuchar afirmaciones del tipo “Cristina debe gobernar para todos”.
Vayamos pues por otros cauces. Qué puede pasar de aquí en adelante con estas protestas, que es, me parece, lo realmente importante. Esta protesta se conecta con algunos otros hechos del pasado reciente que la vinculan por los actores sociales que se están movilizando, y por el “espíritu” que las recorre. (Espíritu digamos, como lo entendía Mosntesquieu, respecto de las leyes, es decir lo que está por detrás, lo que las alimenta).
Su pariente más cercano, son las movilizaciones en rechazo a la 125; aunque las organizaciones participantes de la Mesa de Enlace, no hayan expresado un apoyo institucional al 8N, no cabe duda de las simpatías. Ni tampoco de las solidaridades que obtuvieron de los sectores medios urbanos. En el 2004, la marcha convocada por juan Carlos Blumberg, reunió a un número importante de gente en la Plaza de los dos Congresos, en favor de mayor seguridad y de endurecimiento de las condenas. Aunque represente sólo a uno de los espacios que hoy se movilizan, los pequeños grupos que en los ’80 se movilizaban en contra de los juicios a los militares por violación a los derechos humanos. Puede que exista alguna otra referencia.
¿A dónde conduce esta cuestión? ¿A decir que se trata todo de lo mismo? No, sino de la notable diferencia con el cacerolazo del 8N: no está en tensión una política tangible. Decir “Seguridad”, “Libertad” (en una democracia), “No a la corrupción” es plantear generalidades cuya traducción en políticas ni siquiera puede ser percibido en lo inmediato. La no reforma de la Constitución Nacional, no planteada, no está muy lejos de esa perspectiva. El problema mayor de los cacerolazos es que su horizonte se desdibuja, a medida que avanzan. Puede subir su nivel de rechazo al gobierno nacional, pero no especifican los que quieren, están, en ese aspecto en una instancia pre política. Y al no poseer esa tangibilidad necesaria, no sabrán cuando lo habrán obtenido; ¿Un país sin inseguridad? El gobierno ha disminuido las cadenas nacionales a sabiendas que parecen irritar a estos sectores; ¿liberar el mercado cambiario sería para ellos un aliciente? Sí, pero además de poner en juego variables económicas, no parece que acabara con el movimiento. El gobierno no puede conformar globalmente a un sector que no lo votó.
Si no encuentran eso tangible, el movimiento, como decía en el post anterior, el movimiento se enfrentará a una lenta descomposición. Salvo que su tangibilidad sea el fin del gobierno de Cristina Fernández. Y allí la discusión es otra. Y más grave.